DEIA ha hablado con dos reclusas de la cárcel de Nanclares de la Oca (Araba) para conocer cómo es un día en la prisión, y su visión resulta completamente contraria a la pésima imagen de la que los medios se están haciendo eco estos días: aseguran al unísono que en Nanclares «no hay maltratos de ningún tipo».
Los hechos que envuelven la historia reciente del centro de Nanclares son sombríos: desde diciembre de 2004, cinco presos se han suicidado y dos presas han denunciado acoso por parte de un funcionario. En consecuencia, el subdirector del centro ha dimitido. Por su lado, Salhaketa, el colectivo de apoyo a la población reclusa, ha exigido la dimisión del director de la prisión, Jesús Moreno.
De hecho, el presidente de la asociación en Araba, César Manzanos, ha afirmado en declaraciones a EiTB que en el penal se está llevando a cabo una «aplicación encubierta de la pena de muerte».
Frente a esto, las reclusas que se han dirigido a DEIA han querido expresar su disconformidad con la imagen que se está dando del centro penitenciario. Aunque no quieren dar sus nombres por miedo a posibles represalias, ambas aseguran que el ambiente en el centro no es en absoluto desagradable. «Nosotras entramos con mucho miedo», dice Ana. «No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar. Pero pronto vimos que el sitio era mucho mejor de los que pensábamos».
Cuentan la anécdota de una mujer que llegó a Nanclares y que conocía otras cárceles de Madrid: a los pocos días de estar en el centro aseguró que nunca había visto una prisión en que las propias funcionarias se sentaran con las presas para charlar en el patio.
Los suicidios en la cárcel
«Nos da mucha rabia que ahora traten de desprestigiar al centro», asegura una de las reclusas.
En abril dos presas denunciaron acosos por parte de un funcionario, pero las internas consultadas por DEIA aseguran que el acoso es imposible, «porque cada vez que entra un hombre va acompañado de una funcionaria». «Se ha hablado también de malos tratos, cuando tampoco es cierto. Nos hemos encontrado con un personal que nos habla, nos escucha, nos apoya».
«Nanclares parece un internado: tiene sus reglas, sus horarios... Pero no hay nadie que te maltrate, ni mucho menos. Y queremos que por fin se oiga la verdad».
«Sabemos que nadie habla bien de los centros penitenciarios, porque está claro que a nadie le gusta estar en la cárcel. Pero, ¿por qué sacar cosas malas de dónde no las hay en este caso?».
«En la cárcel, uno puede suicidarse cuando quiera. No hay incitación al suicidio por parte de los de dentro, sino en todo caso por la gente de fuera. Muchos internos sufren porque nunca reciben ninguna visita. Ésos son los que se suicidan», comenta una de las internas, y añade: «El verdadero miedo que se siente dentro es el miedo al rechazo social».
Ambas se quejan de quienes intentan desprestigiar a la institución penitenciaria: «Se están aprovechando de las tragedias que han pasado, cuando en realidad un suicidio es a veces inevitable: no puedes tener a un funcionario todo el día detrás de cada interno porque son mil. Muchas veces son muertes naturales por enfermedad terminal como sida», apuntan. Por eso tachan de ‘‘amarillista’’ el tratamiento mediático con respecto al centro.
Aseguran que un equipo médico atiende a las reclusas diariamente. «Los del personal médico son una maravilla. Todos los días dan consulta a todas las internas. Y muchas veces ofrecen el cariño que les falta a las internas que no reciben visitas familiares».
Un psicólogo atiende asimismo a las personas que lo soliciten. Además, estas internas hablan de una «limpieza absoluta» en el centro, contradiciendo las palabras de César Manzanos, de Salhaketa, quien aseguró que en Nanclares «hay ratas como gatos que salen de los baños, y las presas tienen que dormir con la fregona metida en la taza».
La vida en Nanclares
Pero un día en la cárcel alavesa de Nanclares de la Oca no es, según sus palabras, lo que la sociedad imagina tomando como referencia el cine.
«Nos tratan bien, con corrección, con respeto». La jornada para una reclusa comienza a las ocho de la mañana con el denominado «recuento». A las nueve se abren las puertas de las celdas para ir a ducharse y a desayunar: «un café con leche, unas galletas.... Como en casa». La alimentación, aseguran, es adecuada, existiendo incluso menús especiales para las reclusas que no puedan tomar sal, para las diabéticas...
Por la mañana y por la tarde, las internas pueden acudir a la «escuela» para conseguir el graduado escolar. Además, se les ofrece un amplísimo número de cursos gratuitos, impartidos por funcionarios del Gobierno vasco y por voluntarios: informática, peluquería, euskera, pintura, costura, expresión corporal... Ambas califican de «ejemplar» la actitud de esos profesores, pero además hablan de una «verdadera intención de lograr la inserción social».
A las ocho de la tarde deben volver a sus celdas, cuyo aspecto no coincide con el tópico universal de «jaula con litera»: «Nuestras celdas son cuartos normales, aunque las ventanas tienen rejas. Pero cada una tiene su baño, un armario, una mesa y una silla, un corcho para colgar fotos y recuerdos, y el centro te ofrece además la posibilidad de tener televisión».
El denominado «Economato» es una pequeña tienda situada en la cárcel que vende a precios muy asequibles productos como cigarrillos, champú... Allí, un vasito de café cuesta 25 céntimos; uno de té, 15 céntimos. El «Economato» sirve también para comprar los artículos de aseo que las internas necesiten si los incluidos en el lote mensual que reparte la institución no son suficientes. Al menos, con un café en la mano, la vida en la cárcel resulta más llevadera. |